Camina con la mirada hacia el suelo.
Una mirada que esconde, entre baldosa y baldosa,
pensamientos que se atropellan unos a otros, por conseguir un minuto de
atención, y que le hacen olvidar que existe todo un universo, fuera de sí
misma, que la acompaña a cada paso.
Se detiene en la parada a esperar que llegue el siguiente
autobús y mientras espera, ve en el suelo frente a sus pies un objeto de color
gris; el color de las piezas que aún no tienen hueco.
La coge del suelo para darle la vuelta y descubrir que
probablemente sea una de esas piezas que junto a otras ochenta y pico, conforman
el cielo de un puzzle enorme, y que acaban encajando por el hueco exacto en el
que caben, más que por el trozo de cielo que les tocó representar.
Puede hacer más o menos unos trece años que no ha hecho
un puzzle. No recuerda el tiempo, pero sí recuerda perfectamente, qué puzzle fue.
Florencia con un cielo incompleto.
Se pregunta (riéndose de sí misma) si esa pieza perdida,
de cualquier otro cielo, quedaría bien en Florencia…
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